16/11/15

Todos somos iguales

El fin de semana 7 u 8 (aún no se sabe del cierto) terroristas del llamado Estado Islámico (que yo llamaría más bien Estado de Fanáticos Islámicos) perpetraron una gran matanza en la ciudad de París, dejando la Ciudad de la Luz sumida en sombras y teñida del color negro que entraña el miedo.

¿Quiénes eran los que dispararon o se inmolaron? Pues no lo sé, lo único que intuyo es que eran personas que lo tenían todo perdido en la vida y a quién alguien convenció que haciendo eso serían algo grande y pasarían a la historia. Y sí, hicieron algo grande y pasarán a la historia, pero por lo malo que ha sido.

No soy psicóloga ni pretendo psicoanalizar nada, pero cuando alguien está en un hoyo tan profundo del que no se puede salir, si de cualquier manera se ve muerto, es probable que si alguien le ofrece algo, por pequeño de sea, se deje convencer rápido. Y con ésto no estoy justificando lo más mínimo a los terroristas, que quede claro, porque matar o dañar a alguien nunca es la solución a nada.

Los que perpetraron los atentados son simples peleles de alguien poderoso, que tergiversa la información para promover odio, y de esta manera conseguir su fin, ganar adeptos, crecerse y conseguir más poder. Y eso pasa allí y aquí.

Hace menos de un mes escribí este post, en el que hablaba de cómo una niña conseguía hacer bailar a su ritmo a otros compañeros.

El atentado de París es eso mismo a gran escala. Alguien se cree Dios o Alá y habla en su nombre, y como es poderoso nos creemos todo lo que dice y le seguimos.

Y eso pasa porque nos han convencido que no todos somos iguales y por tanto no nos merecemos lo mismo. Que cada uno con sus pros y contras, no podemos convivir con otros que realmente lo único que tienen diferente es el tono de su piel. Porque lo de aquí somos mejores a los de allá, y tal se merece más que cuál.

Los idiomas se aprenden, las religiones se enseñan (en algunos casos adoctrinan), la cultura se hereda y se vive. Pero todo ello son complementos que visten al ser humano.

Para mí, y lo que intento explicarles a mis hijos, es que el ser humano es bueno por naturaleza, que todos somos iguales y las diferencias son simples accesorios, y por tanto, si todos nos respetásemos no existirían esas diferencias que nos han impuesto.

Hace 500 años los que declaraban guerras indiscriminadamente eran los católicos en nombre de Dios y ahora lo hacen los yihadistas en nombre de Alá. Tantos unos como los otros solo querían y quieren poder, y les da igual los que tienen debajo, las muertes que son “daños colaterales”.

Perdonad la expresión pero jugar a guerras no es más que presumir de quién tiene el rabo más grande y mea más lejos con consecuencias muy muy malas. Nunca deberíamos reaccionar en caliente ante este tipo de ataque. Ni los altos mandos mandando bombas ni los de a pie juzgando que los mal llamados moros son asesinos, todos ellos.

Los refugiados son humanos, como nosotros, que huyen de que los maten en sus casas, igual que hicieron nuestros abuelos o bisabuelos en la Guerra Civil o la 2ª Guerra Mundial, o igual que lo hicieron los parisinos cuando oyeron tiros y explosiones.

No generalicemos en según qué temas, porque haciéndolo lo único que conseguimos es generar más odio, más diferencias y más dolor.

Perdonad el salto en la línea editorial del blog, pero ciertos temas me pueden.


Como digo siempre, con educación, respeto y saber estar ganaríamos parte de la humanidad que hemos perdido en los últimos siglos.