24/4/16

Con lo que yo había sido

Hace meses que la frase del título viene mucho a mi mente. Y es que últimamente me gusto poco.

Me pongo delante del espejo y no me gusta mi reflejo. Sólo veo las marcas que el tiempo y la maternidad van dejando sobre mi cuerpo.

No considero que sea la famosa crisis de los 30 (hace poco más de dos semanas cumplí 32 añitos) porque la verdad es que cumplir años no me importa y me considero joven, pero las marcas últimamente me pesan y mi cabeza repite mucho eso de con lo que yo había sido.

En la cara las eternas ojeras, las manchas que aparecieron aun tomando el sol con crema de protección 50 durante los embarazos, las marcas de los granitos que han quedado y de los que me siguen saliendo (viva las hormonas revueltas), dejan en un segundo plano la luz que desprenden mis ojos y que siempre me había gustado.

En mi cuerpo los pechos que han quedado en nada después de casi tres años de lactancia, la piel nada tersa de la barriga tras los embarazos, el hoyuelo que muestra mi pequeña diástasis, y la cicatriz horrible de la cesárea, que más mal no ha podido quedar.

Sí, mi cuerpo tiene más forma de pera que nunca y me cuesta mucho verlo al descubierto. Echo tanto de menos aquella barriga fibrada, plana, con la piel tonificada... La echo tanto de menos que he decidido que este verano toca comprar bañadores en vez de bikinis...



Yo, que era de top-less en la playa y de enseñar el ombligo con tops cortos, he decidido pasarme al bañador, para taparme cuanto más mejor.

Me está costando mucho aceptar los últimos cambios que ha sufrido mi cuerpo tras el embarazo de N. Después de los mellis me encontraba bien y lo único que me molestaba era la cicatriz de la cesárea que era fácil de esconder.

La gente me dice que me he quedado muy bien, que no parece que haya tenido tres niños, blablabla... Pero no, eso es lo que ve todo el mundo con ropa. Mi problema no es verme mona vestida, lo es verme sin ropa, cuando no hay nada que esconda esas jodidas marcas. Y si no me quiero yo, imaginaros lo que cuesta dejar que me quieran.

Alguna puede pensar que estoy en pleno síndrome pre-menstrual, pero no lo estoy. Al contrario, estoy en plena ovulación, así que estos sentimientos no son culpa de nuestras queridas hormonas que nos llevan arriba y abajo como en una montaña rusa.

Ayer tenía un bautizo y estrené ropa, me pinté y me subí en mis tacones de 12 cm. Estaba guapa, todos me lo dijeron, y me gustó, me sentí bien porque durante un rato me lo creí. Pero fue llegar a casa, sacarme el “disfraz” de chica guapa, ponerme frente al espejo a quitarme el poco maquillaje que llevaba y tener ganas de acurrucarme en la cama a dormir y no despertarme en tres días.

¿Necesito tiempo? Seguramente.

¿Necesito quererme? Sí, pero no sé cómo sacar a relucir lo que he dejado en las sombras y esconder lo que más veo.

¿Por qué cuento ésto? Porqué necesitaba dejar de esconderme, aunque fuese durante un ratito, tras la coraza de estoy bien y soy muy fuerte.

¿Por qué lo cuento aquí? Porqué este blog nació para tener un rincón de desahogo, un rincón donde poder explotar y escribir sin tener que escuchar a una persona delante mío decirme “ánimo” o “tranquila” o “todo irá bien”.


Con lo que yo había sido y aquí estoy explicando mis miserias...